El latido del Congo Grande
Esta crónica recorre los 150 años del Congo Grande de Barranquilla a través de la memoria de su director y sus raíces africanas.
Por: Gabriela Peña Loaiza
Solo basta un buen tinto con pan, una hamaca en el patio y una conversación profunda para conocer parte de la historia del Congo Grande. Escuchar a su director Adolfo Maury narrar anécdotas de su época te hace viajar en el tiempo y sentir, a través de la imaginación, momentos que nunca pensaste experimentar de esa manera.
Al remontarnos a su origen, nos ubicamos en los antiguos cabildos de Cartagena, donde nació esta danza. Fue allí donde su fundador, Joaquín Brachi, un forastero —como decimos aquí— reunió a un grupo de artesanos y vendedores del mercado para dar vida a lo que hoy conocemos como el Congo Grande de Barranquilla. Todo este embeleco se armó un 22 de diciembre de 1875, es decir, hace ya 150 años.

El viejo Adolfo, como le llamo con cariño, estaba sentado en una silla mientras yo, recostada en la hamaca, lo escuchaba narrar con nostalgia todo lo que sabe de su amada danza. De niño, me contaba entre risas, andaba a la “pata” de su abuelo Ventura. Con una carcajada en el rostro me confesó que la fama de borrachos que tenían los Congos no era gratuita, porque aquel “poco de viejos” se parqueaban desde temprano en una esquina a tomar trago, y ya entonados, se iban directo a la Batalla de Flores.
Pero retomemos un poco más de la historia. Colombia está influenciada por muchas costumbres africanas, especialmente en la región Caribe, donde se encuentra San Basilio de Palenque. De esas tierras lejanas viene también el nombre del Congo, y lo de Grande se debe al tumulto de gente que su fundador logró convocar. Lo de Barranquilla no tanto por la villa, sino porque este grupo se estableció en la ciudad.

Pensar que una danza tan significativa cumple 150 años es motivo suficiente para hablar de ella. Porque lo que tiene el Congo Grande es historia que contar. No sé si lo que siente el viejo Adolfo es obsesión, amor o pasión, pero la verdad es que me quedé absorta en cada detalle, tanto en su forma de vestir como en su manera de danzar.
Saber que su danzar —o más bien, su forma de marchar— tiene un origen guerrero me causó gracia al principio, porque intenté replicarla y no me salió a la primera. Pero cuando supe que esos pasos imitaban la marcha de los antiguos guerreros en combate, la burla se convirtió en respeto y admiración. Comprendí que todo en esta vida tiene un porqué.
Mientras la brisa rozaba mis mejillas y secaba mi boca, yo solo podía quedar embelesada con la narrativa que soltaba, entre tajones, el viejo Adolfo. Tanto así, que tuve que pedirle que repitiera varias cosas para comprender mejor. Danzan al ritmo de los instrumentos de percusión, y lo hacen con tanta naturalidad que bien les aplica el refrán: el que sabe bailar lo sabe desde niño. Solo bastó ver a su nieto de tres años interrumpir la conversación una y otra vez con su grito: “¡Viva el Congo Grande!”, y comenzar a danzar de manera espontánea, para confirmarlo.

Continuando con las anécdotas de su vida en la danza, se me dio por preguntarle por el rol de la mujer dentro de esta y me contaba que ha evolucionado mucho, que por el machismo de la época solo permitía la presencia de hombres por ser de estirpe guerrero y por la fauna que los acompañaba.
Aquí, paradójicamente, se asoma la inclusión. En tiempos donde la danza marcaba límites rígidos, solo se permitía a hombres vestidos de mujer acompañar el Congo. Y allí estuvieron ellas —las “travestis” de la época— desafiando silencios y miradas, entre ellas Barranquilla, figura inolvidable que este año fue homenajeada en el Domingo de Tradición.
Es un tema que todavía incomoda a muchos, que aún encuentra resistencias en la sociedad. Pero en el Congo Grande el amor cultural ha sido siempre más fuerte que cualquier estigma. Allí no caben prejuicios cuando lo que arde es la pasión por la tradición.
Y si de valentía hablamos, es imposible no invocar a la inolvidable rebelde con causa: nuestra querida Alba Ahumada. Por amor al Carnaval y a la danza del Congo, vistió con orgullo el traje masculino en tiempos donde hacerlo era un acto de osadía. Se camuflaba con destreza, imitaba con precisión los gestos del “pecho peludo”, y así, entre comparsas y tambores, conquistaba el derecho de vivir la danza en toda su intensidad.

Adolfo, entre carcajadas cómplices, recordaba cómo Albita tomaba un salchichón, lo acomodaba bajo el pantalón y esculpía la silueta masculina necesaria para pasar inadvertida. Era casi un ritual secreto, una pequeña estrategia de supervivencia festiva. Así, entre la multitud de hombres, nadie sospechaba que bajo aquel disfraz latía el corazón indomable de una mujer que solo quería danzar. Y fue precisamente esa osadía la que la llevó a convertirse en la primera mujer en portar aquel vestuario, abriendo paso, sin saberlo, a nuevas formas de valentía dentro del Congo.
Y entonces llegamos a lo más imponente, a lo que primero seduce la mirada y después sacude la memoria: el vestuario del Congo. El turbante se alza majestuoso, atrapando cada destello de luz, pero en su esencia guarda la representación de la corona portuguesa. En sus inicios fue moldeado con papel cometa y diminutas florecitas picadas, flores que con el tiempo también rindieron tributo a la Batalla de Flores, convirtiéndose en estallido simbólico sobre la cabeza del danzante.

La penca sobresale con carácter sobre la capa, esa capa que evoca la piel de los animales que cazaban las tribus africanas, símbolo de fuerza, de poder, de linaje guerrero; del “negro” que así se nombra entre los suyos con orgullo y pertenencia. El trenzado no es solo adorno: es unión de tres raíces que se abrazan en un mismo cuerpo —la indígena, la africana y la gitana— tejiendo en cada hilo la historia de un pueblo mestizo y resistente.
El machete de madera no corta, pero recuerda. No hiere, pero representa. Es la memoria viva de la batalla, la firmeza del carácter y la resistencia convertida en danza.
Cada pieza del vestuario es un capítulo heredado, una página que no se escribe con tinta sino con tambor y sudor. Y año tras año, cuando el Congo avanza por el Cumbiódromo de la Vía 40, no solo desfila: declara que la tradición no muere, que la memoria no se rinde y que mientras exista un tambor latiendo, el Congo seguirá siendo historia viva, orgullo ancestral y eternidad en movimiento. ¡Viva el Congo grande!